Sociedad

Una plaga de incompetencia

Por Javier Sierra

En esta pandemia, siento que todos estamos a merced del más incompetente de los líderes.

Estados Unidos ya es el país con más casos del mundo de COVID-19, la peor pandemia en un siglo que se expande imparable dejando un rastro de muerte y caos económico. Si no se toman medidas drásticas, como el confinamiento obligatorio de la población, un estudio del Imperial College de Londres predice que el saldo mortal en Estados Unidos ascendería a 2,2 millones de personas. La administración, por su parte, predice que “si todo lo hacemos bien” —un enorme “si”— el saldo podría limitarse a menos de 200.000 muertes.

La estremecedora soledad de la era del coronavirus. Foto de Javier Sierra

¿Cómo hemos llegado a esta pesadilla? Hasta principios de 2017, Estados Unidos poseía el mejor sistema del mundo de combate contra las pandemias, según el Indice Global de Seguridad Sanitaria. Desde entonces, la administración Trump lo ha desmantelado sistemáticamente.

En enero de 2017, su administración ignoró modelos facilitados por funcionarios de Obama que advertían sobre una potencial pandemia procedente de China, peor que la epidemia de gripe de 1918. En 2018, despidió al equipo de respuesta a pandemias adjunto al Consejo de Seguridad Nacional. Y ese mismo año, eliminó el sistema de detección de pandemias del Departamento de Seguridad Nacional.

En menos de tres meses, Donald Trump ha pasado de decir que el coronavirus lo tenía “totalmente bajo control”, que desaparecería como “un milagro”, que los casos se reducirían a “cerca de cero”; a finalmente declarar que “nadie” podía haber previsto esta pandemia.

La realidad es que en enero y febrero, su administración ignoró repetidas advertencias del sistema de inteligencia de que la amenaza del coronavirus obligaría al gobierno a tomar medidas urgentes y drásticas para combatirla. Ahora, Trump, cambiando totalmente su posición, advierte que nos esperan tiempos “muy dolorosos”.

Ese dolor será al menos algo aliviado con la aprobación del Congreso del mayor estímulo económico de la historia de Estados Unidos, $2 billones (trillions). Sin duda hará falta más asistencia financiera, pero se debe centrar en rescatar al público, no a la industria petrolera.

Mientras tanto, cuando todos recibimos con congoja las noticias de la pandemia, la administración Trump ha aprovechado para intensificar su ataque contra las protecciones a la salud pública y el medio ambiente:

– Ha debilitado drásticamente las restricciones de contaminación del aire y el agua.

– Ha socavado los estándares de limpieza de los vehículos.

– Ha acelerado la construcción del destructivo muro fronterizo, exponiendo a centenares de trabajadores al coronavirus.

El vacío de liderazgo de Trump (“No me responsabilizo de nada”, dijo) lo están cubriendo varios gobernadores estatales. Los de los estados más castigados por la pandemia —Andrew Cuomo de Nueva York, Jay Inslee de Washington, Gretchen Whitmer de Michigan o Gavin Newsom de California— luchan desesperadamente para aplanar la curva; es decir, limitar lo más posible el número de casos para no exceder la capacidad de los hospitales.

Para ello, todos debemos cooperar siguiendo las recomendaciones de los expertos:

– Mantener la distancia social a por lo menos dos metros y evitar reuniones masivas.

– Recluirse en casa lo más posible y solo salir para comprar comida u otros artículos esenciales.

– Mantener al máximo la higiene personal, especialmente lavándose las manos con frecuencia al menos 20 segundos.

Evitar en lo posible el contagio es crucial para que tengan éxito los heroicos esfuerzos del personal médico contra el virus, a riesgo de sus propias vidas. Reconozcamos también a los otros héroes anónimos —los empleados de supermercados, de restaurantes, los repartidores de paquetes y el resto de trabajadores, abrumadoramente personas de color, cuya labor es crítica para evitar el colapso social.

Contra esta plaga de ineptitud federal, tenemos el remedio de la solidaridad y la generosidad. Usémoslo.

Crueldad como política de Estado

Por Javier Sierra

Abundan las evidencias de que la política migratoria del país está en manos de gente extremadamente cruel e inepta.

En una entrevista de radio hace años, Ken Cuccinelli comparó a las familias hispanas con “ratas”, “mapaches” y otras plagas. Hoy, Cuccinelli —cuyos ancestros italianos escaparon pobreza y miseria emigrando a Estados Unidos— es el director interino del Servicio Federal de Ciudadanía e Inmigración. Y la facción más cruel sobre política migratoria en la Casa Blanca quiere convertirlo en el nuevo Secretario de Seguridad Nacional.

Según el libro “Guerras Fronterizas: Dentro del Asalto de Trump a la Inmigración” del New York Times, un frustrado Donald Trump llegó a ordenar a sus consejeros clausurar la frontera con México, disparar a los migrantes en las piernas, y fortificar el muro con un foso lleno de caimanes y serpientes.

Trump no logró realizar su sueño medieval, pero su cruel racismo sigue causando estragos en la frontera. La Unión de Libertades Cívicas informó recientemente que la administración separó a más de 1.500 niños inmigrantes de los que se tenía constancia, elevando así el total a más de 5.400 menores arrancados de los brazos de sus padres en la frontera.

Otro reporte de Human Rights First reveló que la política de Trump de forzar a los solicitantes de asilo a que esperen en México —hasta el momento unas 50.000 personas— ha generado más de 350 casos de violación, secuestro, tortura y otros crímenes en ese país. Un informe similar del Centro de Política Inmigratoria que entrevistó a más de 600 solicitantes a la espera en México confirmó esta nueva crisis innecesaria de la administración. Uno de sus autores expresó al Washington Post que “estamos literalmente enviando a personas a su muerte potencial”, agregando que al hacerlo Estados Unidos incumple sus compromisos internacionales de derechos humanos.

En medio de este caos y crueldad, la construcción del muro medieval de Trump avanza con devastadoras consecuencias para el medio ambiente. Hasta el momento ha diezmado más de 600 acres de terrenos públicos, arrasando plantas autóctonas, interrumpiendo corredores migratorios de la fauna y malgastando cruciales recursos hidráulicos en el suroeste.

El daño causado en Arizona incluye la destrucción de cactus y sitios arqueológicos en el Monumento Nacional de Organ Pipe Cactus. Bombear agua subterránea para mezclar concreto para esta construcción amenaza con secar frágiles humedales del desierto en Quitobaquito Springs y el Refugio Natural de Vida Silvestre de San Bernardino, en Arizona.

Al mismo tiempo, en Texas, empezó la construcción del muro en lugares adyacentes al Refugio Nacional de Vida Silvestre del Bajo Río Grande, al sur de una sección de 3.300 acres de Las Palomas, hogar de la paloma de ala blanca y muchas otras especies nativas de esa región.

Aún así, dejando a un lado todo atisbo de vergüenza profesional, el director en funciones de la Oficina Federal de Gestión de Terrenos (BML), William Pendley, mintió diciendo que el muro fronterizo “está solucionando la crisis ambiental que impacta los terrenos más vulnerables de nuestro país”. Este ecologista de opereta —un acérrimo negacionista climático— defiende la catástrofe ecológica que es el muro fronterizo argumentando falsamente que la frontera “está abrumada por ilegales, gente con armas, gente que trafica drogas”.

En realidad, la frontera, sus maravillosos parajes y, sobre todo, las personas que la habitan y transitan están abrumados por la insensata y racista política migratoria de Trump, Cuccinnelli, Pendley y tantos más.

Sus palabras sobre ratas, mapaches, caimanes y serpientes dejan claro que, para ellos, la crueldad es política de estado.